Finisterra, LXI, 2026, e43490  
ISSN: 0430-5027  
doi: 10.18055/Finis43490  
Recensão  
“LET GEOGRAPHY DIE. CHASING DERWENT’S GHOST AT HARVARD” DE  
ALISON MOUNTZ Y KIRA WILLIAMS  
1
RAÚL MARCÓ DEL PONT LALLI  
Este libro no es una sociología de fantasmas en el sentido figurado con que Marx abre el  
Manifiesto comunista, sino en un registro mucho más literal: se trata de espectros que, lejos de  
desaparecer, continúan rondando la disciplina geográfica.  
Los fantasmas que Alison Mountz y Kira Williams convocan en Let Geography Die no arrastran  
cadenas por la vieja Europa, sino que habitan los archivos de Harvard, se manifiestan en los silencios  
institucionales y se cuelan en las memorias académicas de generaciones de geógrafos. Fantasmas de  
homofobia, de masculinidades hegemónicas y de exclusiones epistémicas que, como todo espectro,  
exigen ser escuchados.  
Desde esta premisa, las autoras emprenden una investigación que trasciende el mero recuento  
histórico del cierre del programa de geografía en Harvard en 1948. Lo que ofrecen es una exploración  
empírica y crítica que coloca en el centro no solo a los protagonistas visibles del episodio, sino también  
a quienes quedaron ocultos tras etiquetas despectivas o en la penumbra de la marginalidad. El  
resultado es un relato que, al recomponer los fragmentos dispersos, abre una conversación más amplia  
sobre la política del conocimiento y las violencias institucionales que moldean las disciplinas  
académicas.  
Let Geography Die, de Alison Mountz y Kira Williams, editado por The MIT Press (impreso y en  
acceso abierto), se adentra en una de las historias más enigmáticas y, al mismo tiempo, más influyentes  
para la disciplina geográfica en Estados Unidos: el cierre del programa de geografía en Harvard en  
1948. Este hecho, convertido en mito a lo largo de las décadas, ha sido relatado, discutido y transmitido  
de forma fragmentaria, casi siempre con versiones cargadas de rumores, silencios y medias verdades.  
Mountz y Williams, geógrafas políticas queer, se propusieron revisar los archivos, las memorias y los  
espectros que han acompañado a esta ausencia para recomponer un relato nuevo, empírico y crítico  
que, además de rescatar figuras olvidadas, reinterpreta las dinámicas de poder, homofobia y  
legitimidad académica que atravesaron a Harvard y, por extensión, a la geografía como campo  
disciplinar.  
El relato inicia con la imagen de una reunión en octubre de 1948 en la Sala de Profesores del  
University Hall. Allí, el presidente James B. Conant defendía su decisión unilateral de cerrar el  
programa de geografía, en medio de la resistencia de otros miembros de la Junta de Supervisores.  
Isaiah Bowman, presidente de Johns Hopkins y geógrafo influyente, participaba también en esas  
discusiones. Lo que estaba en juego no era únicamente la permanencia de tres profesores ni la  
promoción de Edward Ackerman –candidato a la titularidad bajo la estricta política de “up-or-out”  
(ascenso o despido), sino la supervivencia misma de la disciplina en Harvard, cuna histórica de la  
geografía en los Estados Unidos desde el siglo XVII (p. xiii).  
La narrativa recuerda que, aunque el cierre se justificó en términos de rigor científico y  
prioridades institucionales, lo cierto es que se conjugaban factores mucho más complejos: rivalidades  
personales, tensiones entre ciencias duras y ciencias sociales, sospechas de marxismo, y sobre todo,  
una atmósfera cargada de homofobia y macartismo. Conant argumentaba que la geografía no era una  
ciencia “en sentido estricto”, lo que revelaba tanto un posicionamiento epistemológico como un gesto  
político de exclusión.  
Recebido: 04/10/2025. Aceite: 25/10/2025. Publicado: 01/02/2026.  
1 Instituto de Geografía, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Circuito de la Investigación Científica s/n, 04510, Coyoacán, CDMX, México.  
Published under the terms and conditions of an Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International license.  
Marcó del Pont Lalli, R. Finisterra, LXI, 2026, e43490  
Una de las grandes virtudes del libro es la manera en que las autoras colocan a los archivos en  
el centro de la narración. No se trata únicamente de documentos, sino de verdaderos personajes que  
laten y respiran, que permiten “conversar con fantasmas”. Los legajos de James B. Conant, de Isaiah  
Bowman y, en particular, de Derwent Whittlesey geógrafo político contratado en 1928 para fundar el  
programa de geografía humana en Harvardcontienen tanto memorandos institucionales como cartas  
íntimas, notas médicas y testamentos.  
Mountz y Williams muestran cómo la figura de Whittlesey, largamente descrita como “débil” o  
“ineficaz” en las narrativas disciplinarias, emerge de los archivos como un académico brillante, líder  
de la geografía política en su tiempo, presidente de la American Association of Geographers y editor  
durante varios años de su revista insignia, los Annals. Sin embargo, la historia oficial lo había reducido  
a un personaje pasivo, incapaz de salvar su disciplina. La revisión documental, cruzada con una mirada  
queer, revela que esa supuesta debilidad no era más que una construcción homofóbica utilizada para  
justificar su marginación.  
Los archivos, por tanto, no solo guardan la memoria de un campo académico, sino también los  
rastros de vidas diferentes que fueron silenciadas o borradas. La intimidad de las cartas entre  
Whittlesey y su pareja Harold Kemp, así como su convivencia con Ackerman en The Loft un hogar  
compartido convertido en refugio frente a la persecución institucional, devuelve humanidad y  
complejidad a estas figuras históricas.  
Hasta la publicación de este libro, los dos relatos más influyentes sobre el cierre del programa  
eran la tesis de Rita Morris (1962) y el ensayo de Neil Smith (1987). Ambos coincidían en subrayar la  
fragilidad institucional del programa y el papel antagonista de Isaiah Bowman, considerado el “villano”  
de la historia. Smith, en particular, convirtió su hipótesis en una referencia canónica, utilizada en  
numerosos cursos de posgrado.  
Mountz y Williams matizan y corrigen estas versiones: muestran que ni la supuesta debilidad de  
Whittlesey ni la oposición directa de Bowman explican por sí solas la desaparición de la geografía en  
Harvard. El análisis archivístico revela que el factor determinante fue la conjunción entre la homofobia  
institucional y la feminización de la geografía humana como campo de conocimiento. En la lógica  
masculinista de la época, disciplinas asociadas al trabajo de campo social, al estudio de comunidades  
o a perspectivas humanistas eran vistas como poco rigurosas y, por ende, prescindibles. Si a ello se  
sumaba que sus principales exponentes no se alineaban a la normativa social vigente, la ecuación para  
la exclusión estaba servida.  
Para los geógrafos iberoamericanos el asunto no pasó desatendido, aunque de manera tardía.  
Dado el interés por lo que sucedió en Harvard con su disciplina, el reconocido geógrafo español  
Horacio Capel, director por entonces de la revista Geocrítica, impulsó la traducción en enero de 1985  
de una de las perspectivas sobre esta trama (Glick, 1985).  
Es una sugerente reflexión sobre las notables debilidades institucionales y teóricas de la  
geografía que imperaba por entonces en los EE. UU., de corte culturalista y orientada a las síntesis  
regionales. Desde su perspectiva, estos ingredientes permitieron, con la implosión en Harvard en el  
centro, la gestación de una nueva agenda basada en las relaciones espaciales, que daría lugar a la  
geografía cuantitativa. Sin embargo, la nueva evidencia, aportada por Mountz y Williams, desarma  
buena parte de esta argumentación.  
Uno de los aportes teóricos más sugerentes del libro es la lectura de The Loft y de los propios  
archivos como “armarios”. Espacios de refugio, de ocultamiento y, al mismo tiempo, de resistencia. El  
desván en Prescott Street fue un hogar compartido por Whittlesey, Kemp y Ackerman, pero también  
un lugar de sociabilidad académica y alternativa en el corazón de Harvard. Allí se reunían colegas y  
estudiantes, entre la camaradería y el secreto. Del mismo modo, los archivos funcionan como clósets  
donde se depositan vidas privadas que, décadas después, salen a la luz para cuestionar las narrativas  
oficiales.  
Este cruce entre archivo y armario conecta el análisis histórico con los debates contemporáneos  
de las geografías feministas y queer. La “injusticia epistémica” –la marginación de saberes por su  
asociación con cuerpos y subjetividades no normativasse convierte en un eje central para entender  
la desaparición del programa y su persistente fantasma en la disciplina.  
El cierre de la formación geográfica en Harvard no fue un hecho aislado. Como bien señalan las  
autoras, abrió la puerta para que otras universidades Chicago, Yale, Columbia hicieran lo mismo en  
los años siguientes. Solo Dartmouth College mantuvo un programa sólido dentro de la Ivy League. El  
vacío, entonces, trascendió lo local para convertirse en una herida disciplinaria a escala nacional.  
2
Marcó del Pont Lalli, R. Finisterra, LXI, 2026, e43490  
La paradoja es que, lejos de extinguirse, la geografía siguió expandiéndose y diversificándose en  
otras latitudes. Las geografías feministas, queer, negras e indígenas florecieron en las décadas  
posteriores, demostrando que los saberes marginados podían convertirse en núcleos de innovación  
crítica. Sin embargo, la ausencia de Harvard sigue siendo un recordatorio simbólico de cómo el poder  
institucional puede moldear el mapa de las disciplinas.  
Otro rasgo notable del libro es la forma en que las autoras entretejen su propia experiencia en  
Harvard con la historia que investigan. Como geógrafas políticas queer visitantes en el campus, Mountz  
y Williams confiesan haber sido interpeladas directamente por los rumores y las ausencias que  
rodeaban al antiguo programa. Su escritura mezcla el tono académico con la reflexión personal, lo que  
convierte la obra en un ejercicio de “autoetnografía archivística”.  
Al hacerlo, reafirman que el conocimiento no es neutral, que la posición social de quien investiga  
su género, su sexualidad, su generacióncondiciona las preguntas que formula y las interpretaciones  
que ofrece. Así, la historia que relatan de Whittlesey y Kemp se entrelaza con las propias trayectorias  
de las autoras, que encuentran en los archivos no solo objetos de estudio, sino espejos de su propia  
experiencia de marginalidad y resistencia.  
Dos preguntas sobrevuelan este libro: ¿por qué murió la geografía en Harvard? y, quizá más  
inquietante aún, ¿por qué nunca regresó? A pesar del crecimiento global de la disciplina, del auge de  
los análisis espaciales y de la centralidad de los estudios geopolíticos, Harvard nunca reinstaló un  
departamento de geografía. Lo que queda son unidades marginales, como el Centro de Análisis  
Geográfico, fundado en 2005, o cursos dispersos en otras facultades.  
La ausencia persiste como un vacío simbólico que sigue “acechando” a la disciplina. Para Mountz  
y Williams este vacío no es solo un hecho histórico, sino un recordatorio de cómo los silencios, las  
exclusiones y las violencias institucionales tienen efectos de larga duración. La homofobia que marcó  
el cierre en 1948 sigue resonando hoy, aunque sea bajo otras formas.  
Let Geography Die es, en última instancia, un libro sobre el poder: el poder de decidir qué saberes  
merecen permanecer y cuáles deben desaparecer; el poder de definir qué cuerpos encarnan la  
autoridad académica y cuáles son relegados al margen; el poder de los archivos para silenciar y, al  
mismo tiempo, para revelar.  
En suma, no se limita a narrar un episodio del pasado; ilumina las formas en que las instituciones  
deciden qué es relevante y qué es olvidable. Al recuperar las vidas y voces de Derwent Whittlesey,  
Harold Kemp y Edward Ackerman, Mountz y Williams no solo restituyen dignidad a figuras relegadas,  
sino que obligan a la geografía contemporánea a enfrentarse a sus propios espectros.  
Ese es, quizás, el mayor mérito del libro: recordarnos que la disciplina nunca está a salvo de los  
silencios que produce, y que cada archivo cerrado, cada cátedra suprimida y cada diferencia silenciada  
deja huellas que tarde o temprano reclaman volver a hablar. En tiempos en que resurgen discursos  
excluyentes y políticas que buscan acotar el horizonte de lo pensable, la lección es clara: los fantasmas  
de Harvard siguen entre nosotros, y tal vez sea su persistencia lo que mantiene viva la pregunta sobre  
qué geografías queremos y cuáles no estamos dispuestos a dejar morir.  
AGRADECIMIENTOS  
Al Dr. Héctor Mendoza Vargas, del Instituto de Geografía de la UNAM, por su orientación y  
compartirme el texto del Prof. T. F. Glick aquí citado.  
ORCID ID  
Raúl Marcó del Pont Lalli  
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS  
Glick, T. F. (1985). Antes de la revolución cuantitativa: Edward Ullman y la crisis de la geografía en Harvard (1949-  
1950) [Before the Quantitative Revolution: Edward Ullman and the Crisis of Geography at Harvard (1949–  
1950)]. Geocrítica, (55), 3-45. https://www.ub.edu/geocrit/geo55.pdf  
3
Marcó del Pont Lalli, R. Finisterra, LXI, 2026, e43490  
Morris, R. (1962). An examination of some factors related to the rise and decline of geography as a field of study at  
Harvard, 16381948 [Doctoral dissertation, Harvard University]. U.S. Department of Education.  
Mountz, A., & Williams, K. (2025) Let Geography Die. Chasing Derwent’s Ghost at Harvard. The MIT Press.  
Smith, N. (1987). Academic War over the Field of Geography: The Elimination of Geography at Harvard, 19471951.  
Annals of the Association of American Geographers, 77(2), 155-172.  
4