Marcó del Pont Lalli, R. Finisterra, LXI, 2026, e43490
Una de las grandes virtudes del libro es la manera en que las autoras colocan a los archivos en
el centro de la narración. No se trata únicamente de documentos, sino de verdaderos personajes que
laten y respiran, que permiten “conversar con fantasmas”. Los legajos de James B. Conant, de Isaiah
Bowman y, en particular, de Derwent Whittlesey –geógrafo político contratado en 1928 para fundar el
programa de geografía humana en Harvard– contienen tanto memorandos institucionales como cartas
íntimas, notas médicas y testamentos.
Mountz y Williams muestran cómo la figura de Whittlesey, largamente descrita como “débil” o
“ineficaz” en las narrativas disciplinarias, emerge de los archivos como un académico brillante, líder
de la geografía política en su tiempo, presidente de la American Association of Geographers y editor
durante varios años de su revista insignia, los Annals. Sin embargo, la historia oficial lo había reducido
a un personaje pasivo, incapaz de salvar su disciplina. La revisión documental, cruzada con una mirada
queer, revela que esa supuesta debilidad no era más que una construcción homofóbica utilizada para
justificar su marginación.
Los archivos, por tanto, no solo guardan la memoria de un campo académico, sino también los
rastros de vidas diferentes que fueron silenciadas o borradas. La intimidad de las cartas entre
Whittlesey y su pareja Harold Kemp, así como su convivencia con Ackerman en The Loft –un hogar
compartido convertido en refugio frente a la persecución institucional–, devuelve humanidad y
complejidad a estas figuras históricas.
Hasta la publicación de este libro, los dos relatos más influyentes sobre el cierre del programa
eran la tesis de Rita Morris (1962) y el ensayo de Neil Smith (1987). Ambos coincidían en subrayar la
fragilidad institucional del programa y el papel antagonista de Isaiah Bowman, considerado el “villano”
de la historia. Smith, en particular, convirtió su hipótesis en una referencia canónica, utilizada en
numerosos cursos de posgrado.
Mountz y Williams matizan y corrigen estas versiones: muestran que ni la supuesta debilidad de
Whittlesey ni la oposición directa de Bowman explican por sí solas la desaparición de la geografía en
Harvard. El análisis archivístico revela que el factor determinante fue la conjunción entre la homofobia
institucional y la feminización de la geografía humana como campo de conocimiento. En la lógica
masculinista de la época, disciplinas asociadas al trabajo de campo social, al estudio de comunidades
o a perspectivas humanistas eran vistas como poco rigurosas y, por ende, prescindibles. Si a ello se
sumaba que sus principales exponentes no se alineaban a la normativa social vigente, la ecuación para
la exclusión estaba servida.
Para los geógrafos iberoamericanos el asunto no pasó desatendido, aunque de manera tardía.
Dado el interés por lo que sucedió en Harvard con su disciplina, el reconocido geógrafo español
Horacio Capel, director por entonces de la revista Geocrítica, impulsó la traducción en enero de 1985
de una de las perspectivas sobre esta trama (Glick, 1985).
Es una sugerente reflexión sobre las notables debilidades institucionales y teóricas de la
geografía que imperaba por entonces en los EE. UU., de corte culturalista y orientada a las síntesis
regionales. Desde su perspectiva, estos ingredientes permitieron, con la implosión en Harvard en el
centro, la gestación de una nueva agenda basada en las relaciones espaciales, que daría lugar a la
geografía cuantitativa. Sin embargo, la nueva evidencia, aportada por Mountz y Williams, desarma
buena parte de esta argumentación.
Uno de los aportes teóricos más sugerentes del libro es la lectura de The Loft y de los propios
archivos como “armarios”. Espacios de refugio, de ocultamiento y, al mismo tiempo, de resistencia. El
desván en Prescott Street fue un hogar compartido por Whittlesey, Kemp y Ackerman, pero también
un lugar de sociabilidad académica y alternativa en el corazón de Harvard. Allí se reunían colegas y
estudiantes, entre la camaradería y el secreto. Del mismo modo, los archivos funcionan como clósets
donde se depositan vidas privadas que, décadas después, salen a la luz para cuestionar las narrativas
oficiales.
Este cruce entre archivo y armario conecta el análisis histórico con los debates contemporáneos
de las geografías feministas y queer. La “injusticia epistémica” –la marginación de saberes por su
asociación con cuerpos y subjetividades no normativas– se convierte en un eje central para entender
la desaparición del programa y su persistente fantasma en la disciplina.
El cierre de la formación geográfica en Harvard no fue un hecho aislado. Como bien señalan las
autoras, abrió la puerta para que otras universidades – Chicago, Yale, Columbia – hicieran lo mismo en
los años siguientes. Solo Dartmouth College mantuvo un programa sólido dentro de la Ivy League. El
vacío, entonces, trascendió lo local para convertirse en una herida disciplinaria a escala nacional.
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