Marcó del Pont Lalli, R. Finisterra, LXI(131), 2026, e43490
Mountz y Williams muestran cómo la figura de Whittlesey, largamente descrita como “débil” o
“ineficaz” en las narrativas disciplinarias, emerge de los archivos como un académico brillante, líder de la
geografía política en su tiempo, presidente de la American Association of Geographers y editor durante varios
años de su revista insignia, los Annals. Sin embargo, la historia oficial lo había reducido a un personaje
pasivo, incapaz de salvar su disciplina. La revisión documental, cruzada con una mirada queer, revela que
esa supuesta debilidad no era más que una construcción homofóbica utilizada para justificar su marginación.
Los archivos, por tanto, no solo guardan la memoria de un campo académico, sino también los rastros
de vidas diferentes que fueron silenciadas o borradas. La intimidad de las cartas entre Whittlesey y su pareja
Harold Kemp, así como su convivencia con Ackerman en The Loft –un hogar compartido convertido en
refugio frente a la persecución institucional–, devuelve humanidad y complejidad a estas figuras históricas.
Hasta la publicación de este libro, los dos relatos más influyentes sobre el cierre del programa eran la
tesis de Rita Morris (1962) y el ensayo de Neil Smith (1987). Ambos coincidían en subrayar la fragilidad
institucional del programa y el papel antagonista de Isaiah Bowman, considerado el “villano” de la historia.
Smith, en particular, convirtió su hipótesis en una referencia canónica, utilizada en numerosos cursos de
posgrado.
Mountz y Williams matizan y corrigen estas versiones: muestran que ni la supuesta debilidad de
Whittlesey ni la oposición directa de Bowman explican por sí solas la desaparición de la geografía en
Harvard. El análisis archivístico revela que el factor determinante fue la conjunción entre la homofobia
institucional y la feminización de la geografía humana como campo de conocimiento. En la lógica
masculinista de la época, disciplinas asociadas al trabajo de campo social, al estudio de comunidades o a
perspectivas humanistas eran vistas como poco rigurosas y, por ende, prescindibles. Si a ello se sumaba que
sus principales exponentes no se alineaban a la normativa social vigente, la ecuación para la exclusión estaba
servida.
Para los geógrafos iberoamericanos el asunto no pasó desatendido, aunque de manera tardía. Dado el
interés por lo que sucedió en Harvard con su disciplina, el reconocido geógrafo español Horacio Capel,
director por entonces de la revista Geocrítica, impulsó la traducción en enero de 1985 de una de las
perspectivas sobre esta trama (Glick, 1985).
Es una sugerente reflexión sobre las notables debilidades institucionales y teóricas de la geografía que
imperaba por entonces en los EE. UU., de corte culturalista y orientada a las síntesis regionales. Desde su
perspectiva, estos ingredientes permitieron, con la implosión en Harvard en el centro, la gestación de una
nueva agenda basada en las relaciones espaciales, que daría lugar a la geografía cuantitativa. Sin embargo,
la nueva evidencia, aportada por Mountz y Williams, desarma buena parte de esta argumentación.
Uno de los aportes teóricos más sugerentes del libro es la lectura de The Loft y de los propios archivos
como “armarios”. Espacios de refugio, de ocultamiento y, al mismo tiempo, de resistencia. El desván en
Prescott Street fue un hogar compartido por Whittlesey, Kemp y Ackerman, pero también un lugar de
sociabilidad académica y alternativa en el corazón de Harvard. Allí se reunían colegas y estudiantes, entre la
camaradería y el secreto. Del mismo modo, los archivos funcionan como clósets donde se depositan vidas
privadas que, décadas después, salen a la luz para cuestionar las narrativas oficiales.
Este cruce entre archivo y armario conecta el análisis histórico con los debates contemporáneos de las
geografías feministas y queer. La “injusticia epistémica” –la marginación de saberes por su asociación con
cuerpos y subjetividades no normativas– se convierte en un eje central para entender la desaparición del
programa y su persistente fantasma en la disciplina.
El cierre de la formación geográfica en Harvard no fue un hecho aislado. Como bien señalan las
autoras, abrió la puerta para que otras universidades – Chicago, Yale, Columbia – hicieran lo mismo en los
años siguientes. Solo Dartmouth College mantuvo un programa sólido dentro de la Ivy League. El vacío,
entonces, trascendió lo local para convertirse en una herida disciplinaria a escala nacional.
La paradoja es que, lejos de extinguirse, la geografía siguió expandiéndose y diversificándose en otras
latitudes. Las geografías feministas, queer, negras e indígenas florecieron en las décadas posteriores,
demostrando que los saberes marginados podían convertirse en núcleos de innovación crítica. Sin embargo,
la ausencia de Harvard sigue siendo un recordatorio simbólico de cómo el poder institucional puede moldear
el mapa de las disciplinas.
Otro rasgo notable del libro es la forma en que las autoras entretejen su propia experiencia en Harvard
con la historia que investigan. Como geógrafas políticas queer visitantes en el campus, Mountz y Williams
confiesan haber sido interpeladas directamente por los rumores y las ausencias que rodeaban al antiguo
programa. Su escritura mezcla el tono académico con la reflexión personal, lo que convierte la obra en un
ejercicio de “autoetnografía archivística”.
Al hacerlo, reafirman que el conocimiento no es neutral, que la posición social de quien investiga –su
género, su sexualidad, su generación– condiciona las preguntas que formula y las interpretaciones que ofrece.
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